—La vieja debería aprender a morir a tiempo —escupió.
Colt dio un paso adelante, el rostro desencajado.
—¿Qué hiciste, Owen?
Los segundos se estiraron.
Fuera, el viento golpeaba contra la pared de madera. Dentro, solo se oía el chisporroteo de la estufa.
Al fin, Owen soltó el aire con un bufido.
—Fui, sí —dijo—. Fui esa noche. Te había visto entrar borracho como siempre, y pensé que no era mala idea… recordar a Mary que tenía otras opciones.
Annabelle sintió náusea.
—Ella no quiso, ¿verdad? —dijo, amarga.
Owen clavó la vista en un punto del suelo.
—Me abofeteó. Dijo que antes se tiraría barranco abajo que traicionarte así, incluso borracho. Hubo gritos. El suelo estaba helado… —apretó la mandíbula—. Tropezó.
Se hizo un gesto de caída con la mano.
—Rodó por la ladera. Cuando bajé, había sangre en la nieve y no respiraba. No pensé. Solo… tuve miedo. Sheriff del condado, responsable por la seguridad, pariente de la víctima…
Se encogió de hombros, pero el gesto era rígido.
—La arrastraste —dijo Colt, la voz rota—. Dejaste el charco junto a mi puerta. Y me dejaste tirado pensando que tal vez la había matado yo.
Owen lo miró, una chispa defensiva en los ojos.
—Podías haberte despertado y bajado tú. Pero no lo hiciste. Siempre fuiste bueno para dormir en el fondo de la botella.
Colt avanzó un paso más. Sus manos temblaban, pero no se llevó la mano al revólver.
—¿Dónde está? —preguntó—. ¿Dónde dejaste a mi esposa?
Owen tragó.
—La escondí en una grieta de roca, a media ladera del cañón. La nieve la tapó en horas. Después… no supe cómo volver a empezar. Y cada día que pasaba, era más tarde para decir la verdad.
Annabelle respiró hondo, la rabia y el alivio mezclándose con un sabor extraño.
—Durante tres años —dijo despacio— dejaste que este hombre pensara que podía haber matado a la madre de su hija.
Miró a Owen con desprecio—. Y todo porque tenías miedo a perder un cargo que no merecías.
Owen levantó las manos, como si quisiera apartar la acusación.
—No vine aquí a ser juzgado por una desconocida.
—Pero sí estás siendo juzgado —sonó otra voz.
Emmy estaba en la puerta, pequeña, envuelta en el abrigo de Colt. Sus ojos oscuros brillaban.
Nadie la había visto bajar del trineo. Se acercó despacio al escritorio y puso la mano encima del dibujo.
—Tú —dijo, mirando a Owen—. Tú la empujaste. Mamá gritó. Yo te vi.
