—Cuando amaine la tormenta —dijo—. Vamos al pueblo. Los tres.
Annabelle sostuvo su mirada.
—No irás solo —añadió—. No esta vez.
El viaje al pueblo: enfrentar al hombre de la bufanda roja
Tardaron dos días más en poder salir. La ventisca dejó a su paso un mundo enterrado. La nieve les llegaba a las rodillas en algunos tramos, y Colt tuvo que abrir camino con la pala más de una vez para que el trineo pudiera avanzar.
Emmy se acurrucaba entre Annabelle y una manta gruesa, los ojos muy abiertos. No preguntó a dónde iban. Tal vez ya lo sabía.
El pueblo de Red Bluff parecía medio dormido bajo el peso del invierno. Chimeneas humeando, ventanas empañadas, calles convertidas en surcos.
Cuando el trineo se detuvo frente a la oficina del sheriff, Colt respiró hondo. Annabelle sintió el gesto desde su lado, como una vibración silenciosa.
—Estoy contigo —le dijo.
Entraron.
El calor dentro era pobre, la estufa de hierro apenas viva. Owen Rafferty estaba de pie junto al escritorio, repasando unos papeles. La bufanda roja colgaba del respaldo de la silla, seca, brillante contra la madera.
Levantó la vista y sonrió de lado.
—Vaya, si es mi primo el ermitaño —bromeó—. ¿Qué te trae por aquí con este clima? ¿Y con damas?
Su sonrisa se apagó al notar la dureza en el rostro de Colt.
—Necesitamos hablar de la noche en que Mary desapareció —dijo Colt, sin rodeos.
Owen se tensó apenas, pero enseguida volvió a su pose relajada.
—Otra vez eso, Colt… Han pasado tres inviernos. Ella se fue, fin de la historia.
Annabelle dio un paso adelante.
—La historia no ha terminado para su hija —dijo—. Ni para él.
Se inclinó y puso sobre el escritorio dos cosas: el dibujo de Emmy, cuidadosamente doblado, y un pequeño trozo de tela descolorida que había encontrado cosido en el borde del viejo abrigo de Mary: un hilo rojo, del mismo tono que la bufanda.
Owen lo miró con gesto de fastidio.
—¿Qué es esto? ¿Garabatos de niña?
—Es lo que recuerda del hombre que se llevó a su madre —replicó Annabelle—. Bufanda roja, brazo fuerte, arrastrándola mientras Colt estaba inconsciente.
Colt clavó la mirada en su primo.
—Estuviste en mi casa esa noche —dijo—. Quiero que lo digas.
El sheriff se rio, pero sonó hueco.
—He estado muchas noches en tu casa. No lo hace crimen.
Annabelle se cruzó de brazos.
—La señora Hargrove oyó un grito. Vio dos huellas bajar del rancho y solo unas subir. Usted fue quien la mandó callar.
El silencio cayó como un hacha.
Owen dejó de fingir. Sus ojos se afilaron.
