Colt entró en la cocina justo cuando ella terminaba de leer.
—¿Noticias del Este? —preguntó, apoyándose en el marco.
Annabelle sonrió con ironía.
—Según parece, soy una novia fugitiva —dijo—. El señor Carter se siente estafado.
Dejó la carta en la mesa, al alcance de él.
Colt la leyó despacio. Cuando levantó la vista, algo vulnerable se le asomaba en los ojos.
—Puedo llevarte a su rancho si quieres —dijo—. No sería justo que te quedaras aquí solo porque el invierno nos encerró.
Annabelle lo miró largamente.
—¿Eso es lo que quieres? —preguntó, tranquila.
Él se removió, incómodo.
—Lo que quiero no importa —murmuró—. Ya me equivoqué una vez pensando que podía retener a alguien aquí a la fuerza del tiempo. No voy a hacerlo de nuevo.
Annabelle se levantó. Caminó hasta ponerse frente a él.
—Lo que pasó con Mary no fue porque la retuvieras —dijo—. Fue porque nadie te enseñó a pedir ayuda cuando la necesitabas.
Le puso la mano en el pecho, sobre la camisa.
—No soy Mary, Colt. No vine aquí porque me casé contigo. Vine porque una agencia me envió al rancho equivocado… y Dios, o el destino, o la simple torpeza humana, me plantó en tu puerta en medio de una tormenta.
Respiró hondo.
—Me he quedado porque he querido. Porque Emmy me agarró la falda y dijo que por fin nos habían mandado alguien. Porque esta casa que estaba muerta… ahora respira.
Se apartó apenas para poder verlo a los ojos.
—Mándales la respuesta que quieras —dijo—. Pero yo ya la tengo clara.
Colt se obligó a hablar.
—¿Cuál es?
Ella sonrió, suave.
—Que este expediente está cerrado. Que Annabelle Sinclair no está disponible.
Hizo una pausa—. Está… ocupada. Enseñando a una niña a coser y a un vaquero a tocar tres notas de piano.
Él soltó una risa baja, incrédula.
—Solo son dos notas —protestó.
—La tercera llegará —respondió ella—. Como todo lo demás.
