Tadeo se puso pálido.
—Derrumbe —murmuró.
Otro golpe. Más cerca. La casa tembló, y la lámpara se balanceó
Elena sintió el miedo subiéndole por la garganta, pero Tadeo la jaló hacia su pecho, fuerte, como si con su cuerpo pudiera detener el mundo.
—Esta casa está en roca —dijo, con voz quebrada de terror contenido—. No va a pasar como antes. No va a llevarse a nadie.
Y en ese abrazo, Elena entendió el tamaño de la herida que él cargaba: años atrás, la lluvia se había tragado su casa vieja… con su esposa y su hija. La gente lo llamaba terco por reconstruir cerca del lugar, pero en realidad era un hombre que se negaba a abandonar el amor que perdió.
Otro estruendo. Elena levantó la cabeza y, en un relámpago que partió el cielo, vio por la ventana una sombra moverse cerca del borde del barranco, agachada, como empujando algo.
