Cincuenta pesos doblados en billetes. Para Elena fue como si alguien le extendiera una mano desde el borde del hambre.
Dos semanas más tarde, Elena subió al tren con una maleta vieja de cuero y un corazón lleno de miedo mezclado con esperanza. El trayecto la fue sacando de la ciudad y metiéndola en otro mundo: maizales secos, cerros pelones, ríos finos como cintas. En Villa Esperanza la esperaba un carretero de bigote caído, hombre flaco de pocas palabras.
—¿Usted es la novia de don Tadeo? —preguntó.
Elena asentándose. El hombre tomó la maleta con cuidado, como si supiera que dentro iba todo lo que a Elena le quedaba.
El camino dura horas. Cuando Elena por fin preguntó por qué el silencio del hombre se sentía tan pesado, él suspir, derrotado por su propia lengua.
—Es la cuarta que viene, señora.
—¿La cuarta? —repitió Elena, y se le heló el estómago—. ¿Y las otras…?
El carretero miró al frente, como si temiera que el monte escuchara.
—Vieron la casa y se fueron el mismo día. Una lloraba. Decía que ahí… ahí no se podía dormir.
—¿Por qué?
—Porque está al borde del barranco. Y porque… bueno. Hay historias.
Elena pensó en la pensión, en el hambre, en la ciudad que la había escupido. Se tragó el miedo como se traga una medicina amarga
Al atardecer, el carruaje entró en San Sebastián del Valle: una calle de tierra, veinte casas de adobe, una iglesia, hombres jugando dominó bajo una sombra. Alguien gritó:
—¡La novia nueva de Tadeo! ¡Que Dios la bendiga!
El carruaje no se detuvo. Subió por un camino angosto que se enroscaba hacia la sierra. El aire se volvió más frío. El monte olía a hoja húmeda. Y entonces, en una curva, Elena vio la casa.
La veranda crujía con solo mirarla. Y detrás, el abismo : un tajo negro en la tierra, profundo, insondable. El viento que subía de ahí abajo sonaba como una respiración grave, como si el barranco tuviera pecho.
El carretero se bajó.
—¿Quiere que la espere? —preguntó en voz baja.
