El coche viró bruscamente, con los neumáticos chirriando. Liam agarró la mano de Emily, la suya fría y húmeda. Podía sentir el frío que irradiaba del asiento trasero, un escalofrío profundo y antinatural que parecía calarle hasta los huesos.
Condujeron a través de la noche, el pasajero espectral observándolos en silencio. No hablaron, no miraron atrás. Simplemente condujeron, con el terror grabado en sus rostros.hasta que los primeros rayos del amanecer pintaron el cielo de un rosa esperanzador.
A medida que el sol ascendía, la figura espectral se desvanecía lentamente, volviéndose cada vez más transparente, hasta desaparecer. Pero el recuerdo, la imagen aterradora, quedó grabada a fuego en sus mentes para siempre.
Nunca volvieron a hablar de Blackwood Creek, ni entre ellos, ni mucho menos con nadie más. Cada uno tomó su camino, con sus amistades tensas por el trauma compartido. Liam llevaba la cicatriz en el brazo, un recordatorio constante. Sarah se puso nerviosa, siempre mirando por encima del hombro. Mark perdió el humor, refugiándose en un caparazón silencioso. Chris, consumido por la experiencia, se convirtió en un recluso, atormentado por sombras que juraba que aún podía ver. Y Emily... Emily parecía saber cosas, cosas que no debería saber.
Años después, los susurros regresan de vez en cuando, tenues y distantes, llevados por una brisa que no existe, recordándoles que algunas cosas, una vez perturbadas, nunca te abandonan del todo. Se habían adentrado en el Bosque Susurrante, y algo de allí se había aferrado a ellos, un pasajero silencioso, esperando.
Nunca abandonas del todo Blackwood Creek.
