En un tramo oscuro de la carretera, las luces delanteras son un salvavidas: cortan la noche, revelan peligros y guían a los conductores a casa sanos y salvos. Pero en los últimos años, un número creciente de conductores se ha planteado una pregunta incómoda: ¿Se han vuelto demasiado brillantes las luces delanteras?
El auge de los faros LED (diodos emisores de luz) ha transformado la iluminación automotriz. Son más blancos, nítidos, duraderos y eficientes energéticamente que las bombillas halógenas con las que muchos crecimos. Los fabricantes de automóviles los elogian como un avance en seguridad y tecnología. Sin embargo, innumerables conductores se quejan de quedar cegados momentáneamente, entrecerrando los ojos por el resplandor del vehículo que viene en dirección contraria o encendiendo las luces largas con frustración, solo para darse cuenta de que las luces del otro coche ya estaban encendidas.
Entonces, ¿los faros LED realmente mejoran la seguridad, o han cruzado el límite donde la luminosidad en sí misma se ha convertido en un peligro? La respuesta, al igual que la luz que emiten, es más compleja de lo que parece a primera vista.
**La evolución de los faros de los coches**
