Y fue ahí cuando todo se complicó. Adriana, la esposa de Fernando, no le gustó nada la historia. veía a su marido cada vez más apegado a aquel niño extraño. Y lo peor, Fernando había vuelto a sonreír, a tener esperanza y si realmente se curaba y si cambiaba el testamento. Junto con Juan, el hermano menor de Fernando y socio de la empresa, Adriana, comenzó a conspirar.
Esparcieron rumores, contrataron periodistas, hicieron reportajes falsos diciendo que Rosa era una estafadora, que estaba usando al hijo para engañar a un hombre enfermo y rico. Los medios explotaron, reporteros invadieron la mansión, cámaras, micrófonos, gritos. Sergio, asustado, intentó huir, pero fue rodeado.
Un periodista le metió un micrófono en la cara y gritó, “¿Es verdad que cobras dinero por tus curas milagrosas?” Sergio empezó a llorar. Rosa apareció corriendo, abrazó a su hijo y encaró las cámaras con firmeza. “Mi hijo tiene 6 años.” “¿Seis? ¿No les da vergüenza?” Afuera multitudes se agolpaban. Algunos creían, otros pensaban que era un fraude.
La reja de la mansión se convirtió en un campo de batalla entre fe y escepticismo. Aquella noche, Sergio lloró en el regazo de su madre. Mamá, yo solo quería ayudar. ¿Por qué me tratan así? Rosa sostuvo el rostro del niño y dijo con lágrimas en los ojos, “Porque el mundo no entiende la bondad, mi amor, pero yo la entiendo y Dios la entiende y eso es lo que importa.
Si te está gustando la historia, suscríbete al canal y prepárate para este final emocionante.” Tres semanas después, la tragedia llegó de verdad. Rosa se desmayó en medio del trabajo. La llevaron de urgencia al hospital. Los médicos descubrieron algo terrible, una enfermedad incurable. Tenía poquísimas probabilidades de sobrevivir.
Incluso si sobrevivía, probablemente quedaría con secuelas graves. Sergio se desesperó. Necesito ver a mi mamá. La necesito. Fernando intentó calmarlo, pero el niño estaba fuera de sí. Fue Antonio el chóer de la mansión quien tuvo la idea. Señor Vargas, déjeme llevar al chico. Él la necesita. Fernando dudó, pero vio la desesperación en los ojos de Sergio y aceptó.
En el hospital, Sergio corrió hasta el cuarto de su madre. Rosa estaba conectada a 1000 tubos, el monitor pitando débilmente. “Mamá!”, susurró Sergio tomando su mano. No me dejes, mamá, por favor. Y allí, sin público, sin cámaras, sin nadie a quien impresionar, Sergio hizo la oración más sincera de su vida. No fue una oración bonita, fue una oración desesperada de un hijo que no quería perder a su madre.
