Porque nunca más voy a caminar, chico, ¿entiendes? Nunca más. Sergio se quedó callado unos segundos. Luego, sin pedir permiso, puso su manita en la pierna de Fernando y cerró los ojos. ¿Puedo hacer una oración por usted? Fernando iba a decirle que no, que eso era una tontería, que ya había intentado de todo, pero algo lo detuvo.
Quizá la desesperación, quizá solo curiosidad. Simplemente asintió con la cabeza. Sergio empezó a orar. Nada espectacular, nada en latín, nada de show, solo palabras simples de corazón pidiéndole a Dios ayudar a ese hombre triste. Y entonces ocurrió. Fernando sintió algo, una ola de calor subiendo por la pierna, algo que no sentía hacía dos años.
Abrió los ojos de golpe, intentó mover los dedos del pie y se movieron. Solo un poquito, pero se movieron. No puede ser, susurró Fernando incrédulo. El dolor que lo atormentaba todos los días había desaparecido completamente. Pudo mover el tobillo, luego la rodilla. Todavía no podía caminar, pero por primera vez en dos años sintió que quizá había esperanza.
Fue en ese momento que Rosa apareció corriendo aterrada. Sergio, ¿qué haces aquí? Disculpe, señr Vargas, yo Rosa. Fernando la interrumpió aún en shock. Su hijo, él hizo algo, no sé explicarlo, pero lo sentí. Por primera vez en dos años sentí mis piernas. Rosa se puso pálida, miró a su hijo, a su patrón, de vuelta a su hijo y no supo qué decir.
A partir de ese día, todo cambió. Fernando no podía sacarse a Sergio de la cabeza. Aquello había sido real. Tenía certeza. Y si el niño pudiera curarlo de verdad, y si esa fuera su única oportunidad, llamó a Rosa al día siguiente. Quiero que su hijo se quede aquí en la mansión. Le daré un cuarto junto al suyo. Tendrá todo lo que necesite, pero necesito tenerlo cerca.
Rosa quiso rechazar, pero Fernando ofreció un salario mejor. Garantizó que Sergio tendría educación, comida y seguridad. Y ella, una madre que solo quería lo mejor para su hijo, aceptó. Sergio ganó un cuarto enorme con juguetes, libros, una cama de verdad, algo que nunca había tenido, pero pronto se dio cuenta de que tenía un precio.
Fernando comenzó a pedir sesiones de curación todos los días, a veces dos veces por día. Estaba obsesionado, desesperado por resultados. Y Sergio, pobrecito, intentaba explicar, “Tío Fernando, yo no tengo poderes. Yo solo oro. Quien lo hace es Dios, no yo.” Pero Fernando quería escuchar. Necesitaba creer que aquel niño era su salvación.
