VOY A LAVAR LOS PIES DE TU HIJA Y ELLA VOLVERÁ A CAMINAR… Y EL RICO SE RIO PERO SE QUEDÓ HELADO

 

Durante el congreso, Mateo conoció a médicos, investigadores y terapeutas de docenas de países. Todos querían aprender sus técnicas y llevar el conocimiento a sus países. Mateo, dijo una médica de Francia, “¿Estarías dispuesto a venir a entrenar a nuestro equipo en París? ¿Y qué tal si visitas nuestra clínica en Londres?”, preguntó un médico inglés.

Nuestra universidad en Toronto estaría encantada de tenerlo como profesor visitante”, dijo una canadiense. Mateo se sintió halagado, pero también un poco confundido. “Doctores, me da mucho gusto su interés, pero mi trabajo está en México. Es ahí donde están los niños que yo atiendo. Pero Mateo, piense en cuántos niños podría ayudar si expandiera su trabajo a otros países.

” Esa noche, en el hotel de Ginebra, Mateo llamó a casa. Papá, no sé qué hacer. Mucha gente quiere que me vaya a otros países. ¿Y tú quieres ir, hijo? No sé. Me pongo a pensar en la abuela Remedios. Ella siempre trabajó en su comunidad. Nunca quiso ser famosa. Pero Mateo, tal vez tu misión sea diferente a la de ella.

Tal vez tengas que esparcir ese conocimiento por el mundo. ¿Y tú y mamá, ¿qué opinan? Opinamos que debes hacer lo que tu corazón te dicte, pero recuerda que siempre tendrás un hogar aquí con nosotros. Y Ana Sofía, ¿cómo está? Extrañándote, pero orgullosa de su hermano, dijo que eres el niño más importante del mundo.

Mateo sonrió sintiendo nostalgia de casa. Papá, creo que ya sé lo que voy a hacer. En el último día del congreso, Mateo hizo un anuncio que sorprendió a todos. Doctores, primero quiero agradecerles su cariño, pero he decidido que mi lugar está en México ayudando a los niños de mi comunidad. Hubo murmullos de decepción entre el público.

Pero, continuó Mateo, estoy dispuesto a capacitar a médicos de ustedes en México. Pueden enviar equipos a nuestro instituto. Así ustedes aprenden las técnicas y las llevan a sus países. La propuesta fue recibida con entusiasmo. Era una solución que permitía expandir el conocimiento sin sacar a Mateo de su entorno.

Además,añadió, vamos a crear un programa de intercambio. Médicos mexicanos pueden ir a sus países a enseñar y médicos de ustedes pueden venir a aprender con nosotros. Los aplausos fueron ensordecedores. Mateo había encontrado una forma de honrar la memoria de su abuela y al mismo tiempo expandir sus conocimientos al mundo. Cuando regresó a México, fue recibido como un héroe en el aeropuerto.

Decenas de familias estaban ahí con carteles de agradecimiento. “Mateo, Mateo!”, gritaban los niños que él había tratado. Ana Sofía corrió a abrazarlo. Extrañaste mucho la casa, hermano? Ay, cómo la extrañé. No veo la hora de volver al instituto. Tengo una sorpresa para ti, dijo ella sonriendo misteriosamente. Qué sorpresa. Mientras estabas fuera, yo empecé a aprender tus masajes con la doctora Elena.

Quiero ayudar en el instituto también. Mateo se emocionó. En serio, Ana Sofía. En serio, tú me curaste a mí, ahora yo quiero ayudar a curar a otros niños. La abuela Remedios estaría muy orgullosa de nosotros dos. Lo estaría. Sí. Somos una familia de sanadores ahora. En los meses siguientes, el instituto recibió médicos de 17 países diferentes.

Mateo capacitaba a cada grupo con paciencia y dedicación, siempre enfatizando que las técnicas solo funcionaban cuando se aplicaban con amor. Recuerden, decía él durante los entrenamientos, ustedes están tocando no solo el cuerpo, sino el alma de cada niño. Eso hace toda la diferencia. Un médico alemán preguntó, “Mateo, ¿cómo logras mantener esa energía positiva todo el tiempo? Es sencillo, doctor.

Cada vez que veo a un niño dando sus primeros pasos, recuerdo por qué estoy aquí. Eso me da energía para continuar.” Ana Sofía se había convertido en una excelente asistente. A los 12 años ya dominaba varias técnicas básicas y tenía un modo especial con los niños más pequeños. Mateo, dijo ella una tarde después de ayudar a una niña de 4 años a dar sus primeros pasos.

Creo que entendí por qué te gusta tanto este trabajo. ¿Por qué? Porque cuando uno ayuda a alguien a caminar es como si estuviéramos ayudando a toda la familia a ser feliz de nuevo. Mateo sonrió orgulloso de su hermana. Es exactamente eso, Ana Sofía. Lo entendiste todo. Aprendí del mejor maestro del mundo.