“Mi nombre es Mateo Reyes Villarreal”, comenzó con la voz firme. “Y quiero contarles sobre mi abuela, doña Remedios. Habló sobre las enseñanzas que había recibido, sobre la importancia del amor y la paciencia en el proceso de curación. y sobre cómo la medicina tradicional y la medicina moderna podían trabajar juntas.
Este instituto no es solo mío, concluyó, es de todas las familias que creen que el amor puede curar. Es de todos los niños que no se rinden en soñar con caminar. y es de mi abuela que me enseñó que la mejor medicina del mundo es el cariño. Los aplausos fueron ensordecedores. En el público, Ana Sofía aplaudía con entusiasmo.
Alejandro y Mónica lloraban de orgullo, y la doctora Elena movía la cabeza en admiración. En los primeros 6 meses de funcionamiento, el instituto atendió a más de 200 niños. Los resultados eran impresionantes. Más de la mitad mostraba mejoras significativas y muchos lograban recuperar completamente los movimientos. Mateo se había convertido en una pequeña celebridad, pero seguía siendo el mismo niño humilde y dedicado de siempre.
Se despertaba temprano todos los días para atender a los niños, estudiaba por la tarde y pasaba las noches planeando nuevos tratamientos. Mateo, dijo Mónica una noche cuando estaban cenando en familia, ya no quieres jugar más, solo vives pensando en el instituto. Pero me gusta lo que hago, mamá.
Cuando veo a un niño dando sus primeros pasos, es mejor que cualquier juego. Entiendo, hijo, pero es importante que también tengas tiempo para ser niño. Alejandro estuvo de acuerdo. Tu mamá tiene razón. ¿Qué tal si organizamos unas vacaciones en familia? Hace mucho que no viajamos. ¿Puedo llevar a algunos niños del instituto? Preguntó Mateo, siempre pensando en sus pacientes.
Todos rieron. Era imposible separar a Mateo de su trabajo. La primera gran fiesta de cumpleaños de Mateo como miembro de la familia Villarreal fue inolvidable.Alejandro y Mónica organizaron una celebración en el instituto invitando a todos los niños que estaban en tratamiento y a sus familias. Mateo había pedido solo una cosa como regalo, que cada familia plantara un árbol en el jardín del instituto creando un bosque de la esperanza.
¿Por qué árboles, Mateo?, preguntó Ana Sofía. Porque mi abuela decía que los árboles crecen despacio, pero se vuelven fuertes y dan sombra a otras personas. Quiero que el instituto sea así, creciendo despacio, pero ayudando a mucha gente. Durante la fiesta sucedió algo que marcaría la vida de Mateo para siempre. Una señora mayor de cabello completamente blanco y ojos bondadosos se acercó a él.
Mateo, mi nombre es Socorro. Yo era amiga de tu abuela Remedios. El niño abrió mucho los ojos. ¿Usted conocía a mi abuela? La conocía muy bien. Trabajábamos juntas en la comunidad desde hacía más de 20 años. Cuando supe de su historia, vine hasta aquí para conocerte. ¿Usted también es curandera? Lo era.
Ahora estoy jubilada, dijo ella sonriendo. Pero vine a traerte algo. Doña Socorro abrió una bolsa vieja y sacó un libro grueso con cubierta de cuero. Tu abuela me pidió que guardara esto. Dijo que algún día lo necesitarías. Mateo tomó el libro con reverencia. Era pesado y exhalaba un olor a hierbas y tiempo. ¿Qué es? Son todos los conocimientos que tu abuela reunió durante su vida.
recetas, técnicas, historias de curaciones. Pasó años escribiendo esto, siempre diciendo que sería para ti. Mateo abrió el libro y vio páginas y páginas escritas a mano con la caligrafía cuidadosa de doña Remedios. Había dibujos de plantas, diagramas de puntos de presión y relatos detallados de tratamientos.
Ella escribió todo esto para mí. Dijo que tenías un don especial. que ibas a ayudar a mucha gente. Parece que tenía razón. Mateo apretó el libro contra su pecho, sintiendo una conexión profunda con su abuela. Gracias, doña Socorro. Esto es el mejor regalo que podría recibir. Tu abuela también mandó un recado.
Que nunca olvides de dónde vienes y que uses ese conocimiento siempre con amor. Puede estar tranquila, se lo prometo. Esa noche Mateo se quedó hasta tarde leyendo el libro de su abuela. descubrió técnicas que no conocía, historias fascinantes de curaciones y consejos sobre cómo lidiar con casos difíciles. En una de las páginas encontró una carta dirigida a él.
Mi querido Mateo, si estás leyendo esto es porque encontraste tu camino en la vida. Siempre supe que tenías algo especial. No es solo el don de curar, es el don de amar a la gente y querer ayudar. Este libro tiene todo lo que aprendí en la vida. Úsalo con sabiduría. Recuerda siempre, no somos nosotros los que curamos.
Solo ayudamos al cuerpo a recordar cómo curarse solo. Sé humilde, sé cariñoso y nunca cobres por tus dones. La curación es un regalo de Dios para compartir con quien lo necesita. Estoy orgullosa de ti, mi nietito. Aunque no puedas verme, yo siempre estoy a tu lado. Con amor, abuelita remedios. Mateo lloró al leer la carta.
Sentía como si su abuela estuviera allí en la habitación con él, dándole los últimos consejos. “Gracias, abuelita”, susurró. “Voy a hacer que siempre estés orgullosa de mí.” Al día siguiente, Mateo mostró el libro al Dr. Sergio y a su equipo. Los investigadores quedaron fascinados con la riqueza de información contenida allí.
