Las paredes ya no susurraban solo recuerdos; ahora guardaban risas, pasos pequeños, el ruido de la máquina de coser de Annabelle y el golpeteo torpe de Colt aprendiendo a reconocer notas.
En la repisa, junto al retrato de Mary y el florero de Emmy, Annabelle colocó un día la hoja con aquel primer dibujo infantil, ya amarillento, donde la pequeña había escrito “Mama” bajo una figura rubia.
—¿Seguro que quieres ponerlo ahí? —preguntó Colt.
Ella lo miró.
—Seguro —respondió—. No vine a reemplazar a nadie. Vine a multiplicar.
Emmy, acercándose por detrás, abrazó las piernas de Annabelle.
—Te lo dije —susurró, con esa fe simple que solo tienen los niños—. Dios por fin te mandó.
Annabelle cerró los ojos un segundo, dejando que el peso de esas palabras, dichas meses atrás junto a una puerta azotada por el viento, se asentara de una vez por todas.
Sí, pensó.
La agencia la había enviado al rancho equivocado.
Pero el cielo, caprichoso y silencioso, la había llevado exactamente al lugar que necesitaba.
