Alejandro retrocedió un paso, completamente descompuesto.
El vestido rojo con rubíes detrás de Mariana —el mismo que él había despreciado— llevaba el sello de su nombre.
Mariana giró hacia él.
Y irritante.
Pero ya no era la sonrisa frágil de la mujer de hace siete años.
—Hace siete años dijiste que no estaba a tu altura.
—Hace unos minutos dijiste que jamás podría tocar este vestido.
Levantó la mano.
El personal abrió la vitrina.
Mariana tocó la tela roja con elegancia.
Las luces hicieron que el salón pareciera ardiente.
—Qué lástima… —susurró—.
Porque quien ya no tiene derecho a tocar nada de esto…eres tú.
En ese momento, el teléfono de Alejandro comenzó a vibrar sin parar.
Mensaje de su secretaria:
