—Señora —dijo con altivez—, si solo quiere consultar su saldo, hay un cajero automático afuera. Esta fila es para transacciones importantes.
Evelyn se volvió lentamente hacia él, lo miró a los ojos con calma pero con firmeza y dijo simplemente:
—Joven, tenga cuidado con sus modales. Soy cliente de este banco desde antes de que usted naciera.
Richard puso los ojos en blanco y volvió a reír. La gente a su alrededor se removió incómoda, pero nadie se atrevió a intervenir.
Sarah, la cajera, miraba la pantalla con los ojos muy abiertos. Su rostro palideció primero, luego se sonrojó. Revisó el número de cuenta de nuevo y miró a Evelyn.
—Señora Thompson… el saldo disponible es… $48,762,319.42.
Toda la sala quedó en silencio, en un silencio incrédulo.
A Richard se le atascó la risa en la garganta. Se inclinó sobre el mostrador, convencido de que era un error.
—Eso no es posible… debe ser un error… quizá unos ceros más… —balbució.
Pero Sarah negó con la cabeza e inclinó ligeramente el monitor para que Evelyn pudiera ver.
—No hay error, señor. Y esto después de los intereses de hoy.
Evelyn asintió con calma.
—Gracias, cariño. Esperaba algo así. Mi difunto esposo siempre decía que el interés compuesto es el mejor amigo del paciente.
Richard se quedó con la boca abierta, sin poder hablar.
—¿Cómo… cómo es eso posible? —soltó.
Evelyn lo miró con ojos que brillaban con tranquila sabiduría.
