El “pásale, hermano, esta es tu casa”.
Pero no se movió. Bloqueó la entrada, mirando nervioso hacia adentro.
—Es que… está complicado. Hay visitas. Mis suegros, unos amigos…
—¿Y? —dije con la garganta cerrada—. Soy tu hermano. Tengo hambre.
Suspiró.
—La cosa no anda bien aquí tampoco. Desde que dejaste de mandar, hemos tenido que apretarnos el cinturón. No sé si haya espacio para ti.
Entonces salió mi madre, Doña Lupita, caminando despacio con su bastón.
—¿Quién es, mijo?
Cuando me vio, se le abrieron los ojos. Pensé que correría hacia mí.
Pero Raúl la detuvo.
—Mamá, Miguel fue deportado. No trae nada. Se va a quedar aquí.
Mi madre se quedó quieta. Me miró. Lo miró a él.
En sus ojos vi cálculo. Miedo. Otra boca que alimentar.
—Bueno… pasa al patio, hijo. A ver qué podemos darte.
No a la sala.
No al comedor.
Al patio de atrás, con sillas de plástico bajo un techo de lámina.
—Siéntate ahí —dijo Raúl—. Ahorita te traigo un taco.
Desde el patio los veía comer y reír en el comedor—carne, guacamole, refrescos.
A mí me trajeron dos tortillas con frijoles y un vaso de agua de la llave.
—Es todo, carnal. Ya no hay carne —mintió.
Yo veía el plato desde donde estaba.
Me comí los frijoles con dignidad, tragándome el orgullo en cada bocado.
—Oye, Raúl —pregunté—, ¿mi cuarto? El que construimos arriba para cuando yo regresara.
Se rascó la cabeza.
—Lo usa mi hijo Brandon. Tiene su compu, sus videojuegos. No podemos moverlo.
—¿Entonces dónde duermo?
—En el cuartito de las herramientas.
Un cuartucho de cemento, cama vieja, cobijas usadas.
—Está bien —dije bajando la mirada para que no viera el coraje.
Esa noche no dormí. Escuché risas. Música. La voz de mi cuñada:
—¿Cuánto tiempo se va a quedar tu hermano? No me gusta esto. ¿Qué van a decir los vecinos? Un limosnero en la casa.
—No te preocupes —respondió Raúl—. Mañana hablo con él. O trabaja o se va.
