La tumba de Edmund Pierce: Detrás del ahumadero, los agentes encontraron una tumba poco profunda, recientemente removida, que contenía el cuerpo de Pierce, junto con su distintivo bombín marrón enterrado a su lado.
Los trofeos: Oculto bajo una tabla suelta del suelo en la habitación de Eliza, había un pequeño cofre cerrado con llave.
Dentro, los agentes encontraron efectos personales de los otros desaparecidos: un reloj de bolsillo de plata grabado con las iniciales del topógrafo, Martin Hayes; unas gafas; y cuatro carteras: evidencia contundente de múltiples asesinatos premeditados.
Restos infantiles: El descubrimiento más impactante se produjo cuando un agente notó que las tablas del suelo del ahumadero sonaban a hueco.
Al levantarlas, los agentes se encontraron con un espacio poco profundo donde yacían los restos óseos de dos bebés, envueltos en tela podrida. Los huesos eran pequeños y frágiles, prueba clara de los actos inimaginables cometidos en la propiedad.
Ante los diminutos y trágicos restos, Eliza Goens permaneció con una serenidad escalofriante. Explicó que los niños eran “bendecidos”, las “almas más puras jamás nacidas”, y que “todo lo que había hecho había sido al servicio del verdadero plan de Dios para su familia”.
La teología impía de Eliza Goens
En la cárcel del condado de Wise, Eliza Goens se confesó abiertamente ante el sheriff Compton, hablando sin rechistar.
