Ahora que entendemos por qué la vitamina D es protagonista, hablemos de cómo obtenerla. Mucha gente piensa que la única forma es tomar suplementos, pero en realidad hay tres caminos: la luz solar, los alimentos y los suplementos. La luz del sol es, curiosamente, la fuente más poderosa y natural de vitamina D. Unos 10 a 20 minutos diarios de exposición controlada al sol pueden marcar una enorme diferencia. No necesitas horas, solo pequeños momentos constantes. El cuerpo es inteligente y produce vitamina D de forma automática cuando tu piel recibe radiación UVB.
Los alimentos también ayudan, aunque en menor proporción. El salmón, las yemas de huevo, el hígado de res y los lácteos fortificados son buenas fuentes. No te harán subir los niveles de un día para otro, pero sí complementan la producción natural del cuerpo.
Los suplementos, por otra parte, son útiles cuando no recibes suficiente sol o cuando un análisis médico indica deficiencia. No es necesario tomar grandes cantidades; de hecho, el exceso puede ser contraproducente. La clave está en hacerlo de forma moderada y consciente. Pero de nuevo, la vitamina D no funciona sola: es parte de un equipo.
Ese equipo incluye otras vitaminas y minerales que trabajan de manera combinada para que tus glúteos tengan combustible suficiente para crecer. Por ejemplo, la vitamina C ayuda a producir colágeno, que es esencial para que los tejidos se mantengan firmes. La vitamina E contribuye a la salud muscular y a la circulación. Y el magnesio —un mineral increíblemente poderoso— ayuda a la contracción muscular adecuada, lo cual te permite entrenar con más intensidad.
Sin embargo, aunque todas estas vitaminas son importantes, ninguna tiene el peso que tiene la vitamina D en cuanto al desarrollo muscular real. Se podría decir que esta vitamina es como la llave que enciende el motor. Sin ella, el carro no arranca.