La voz era firme, autoritaria, cargada de una furia contenida que heló el aire de la habitación.
Sofía se giró lentamente, el corazón desbocado. Frente a ella estaba Alejandro Mendoza.
Lo reconoció de inmediato. Todo el mundo en el hotel lo conocía. Alejandro Mendoza, treinta y cuatro años, uno de los hombres más ricos de España, dueño de un imperio inmobiliario que se extendía por media Europa. Siempre impecable, siempre distante, siempre rodeado de una aura de poder que hacía que la gente bajara la mirada.
Sus ojos grises se clavaron primero en Sofía, luego en el niño que sostenía en brazos.
—¿Quién es usted? —preguntó, avanzando un paso—. ¿Por qué está tocando a mi hijo?
El tono no dejaba lugar a dudas. Sofía sintió que la sangre le abandonaba el rostro.
—Señor, yo… escuché llorar al niño. Estaba solo. Llamé varias veces y nadie respondió…
Alejandro dio otro paso al frente y tomó al niño de sus brazos con brusquedad. El pequeño, lejos de tranquilizarse, comenzó a llorar aún más fuerte, retorciéndose y estirando los brazos hacia Sofía.
—¡No! —sollozó el niño—. ¡No!
Alejandro se quedó inmóvil, sorprendido. Miró a su hijo como si no lo reconociera del todo.
—Mateo… —murmuró.
Sofía tragó saliva.
—Se asustó mucho —dijo con suavidad—. Estaba completamente solo.
Durante unos segundos, Alejandro no dijo nada. Miró la suite vacía, el reloj caro en su muñeca, su teléfono móvil olvidado sobre la mesa. La niñera no estaba. Otra vez.
—Puede retirarse —ordenó finalmente, con voz tensa.
Sofía asintió, convencida de que aquello significaba el fin de su empleo. Dio unos pasos hacia la puerta, con las piernas temblándole.
—Espere.
Se detuvo.
—¿Cómo se llama? —preguntó Alejandro.
—Sofía, señor.
Alejandro la observó con una intensidad que la hizo sentirse pequeña y, al mismo tiempo, extrañamente visible.
—Mi hijo no se calma con nadie —dijo—. Y con usted lo hizo.
