Una tarde, cuando el sol se colaba por las rendijas de la persiana, Mariana le tomó la mano. El calor de su piel le produjo un escalofrío. Alejandro apretó los dedos con suavidad. Ella lo miró. Él murmuró: “No sé cómo agradecerte lo que hiciste por mí”.
Y ella respondió con voz suave: “No fue gracias. Sentí que debía hacerlo. Pero… ahora no sé cómo podría dejar de verte.”
Pero no todo fue sencillez. Mariana dudaba: ¿sería solo gratitud lo que él sentía? ¿O tal vez apenas una supervivencia moral? Y Alejandro padecía su propio temor: estaba enfermo de una afección respiratoria que no había contado; el choque había agravado su condición. Temía convertirse en una carga. En noches solitarias, veía el rostro compasivo de Mariana y se preguntaba si ella seguiría a su lado cuando estuviera débil.
Una tarde nublada, después de una visita, Alejandro se retiró con una excusa leve: “Me siento cansado. No quiero preocuparte”. Mariana lo siguió, preocupada. En el corredor, lo detuvo con firmeza: “Si te agotas, prometo cuidarte. No pienso renunciar tan pronto”. Él bajó la cabeza. Un silencio pesado cayó entre ambos.
Esa noche, Mariana se preguntaba si debía retroceder, pero su corazón le decía otra cosa: no podía borrarlo de su vida justo cuando más lo necesitaba. Pensó en él, en sus ojos agradecidos, en la promesa de un amor naciendo entre heridas.
Semanas después, Alejandro fue dado de alta bajo condiciones: debía seguir tratamiento, reposo parcial, visitas médicas frecuentes. Mariana lo acompañó. Salieron del hospital juntos, el aire fresco les golpeó la cara como un renacimiento. Él caminaba con apuros, ella lo tomaba del brazo con ternura.
En un parque cercano al hospital, bajo un alero de encinas, Alejandro pidió detenerse. Se volvió hacia ella. Sus ojos brillaban con emoción contenida.
“Mariana,” dijo con voz temblorosa, “no quiero que esto sea solo un capítulo pasajero en tu vida. Te he amado desde el instante en que salvaste mi vida. No puedo seguir sin ti.”
Ella sintió que el mundo se encogía y ampliaba al mismo tiempo. Sus lágrimas asomaron, y respondió: “Yo también te amo, Alejandro. Y te elegiría mil veces más, incluso si el camino fuera difícil.”
El viento agitó las hojas de los árboles, y él la abrazó con fuerza. Fue un abrazo que sellaba más que promesas: un juramento callado de apoyo incondicional. Bajo ese cielo blanquecino, dos almas heridas se reconocieron una en la otra.
Fue entonces cuando, con el rostro cerca, sus labios se rozaron. Fue un beso suave, primero tímido, luego urgente, con sabor a lluvia recién lavada y corazón palpitante. Fue el momento en que el destino dejó de ser accidente y se transformó en elección: elegir amarse, cuidarse, permanecer juntos.
Los meses pasaron con altibajos. Hubo días en que el tratamiento de Alejandro lo agotaba y noches en que Mariana cuidaba su fiebre. Hubo momentos en que ella lloraba ante su impotencia, y momentos en que él le dibujaba bocetos de un puente que querían construir juntos. Pero en cada amanecer, había una mirada, una caricia, la certeza de que habían renacido juntos.
Una tarde de verano, Alejandro llevó a Mariana al puente que él había soñado: un puente peatonal sobre el río de la ciudad vecina. Era una estructura sencilla pero elegante, pasarelas de madera, arcos de acero, iluminado suavemente. La inauguraron juntos, simbólicamente, como la metáfora de su relación: dos orillas unidas a pesar de los abismos.
Durante la ceremonia íntima, él le ofreció un pequeño cajón: dentro, un anillo sencillo, con una piedra que reflejaba la luz del río.
“Mariana, desde que te vi aquella noche bajo la tormenta, supe que eras la persona que esperaba sin saberlo. No solo me salvaste la vida, me enseñaste a vivir otra vez. ¿Me harías el honor de ser mi compañera para siempre?”
Ella sintió un torrente en el pecho, lágrimas que brillaban como perlas. Tomó el anillo, lo deslizó en su dedo y respondió con voz clara: “Sí. Te elegiría ahora, mañana, todos los días de mi vida.”
Al atardecer, caminaban juntos por el puente, de la mano, el agua murmurando debajo, el cielo pintado en tonos dorados. El amor no era ya solo un rescate accidental, sino la elección de cuidarse mutuamente, de sostenerse en las heridas, de construir futuros.
En esa escena final, quedaron dos seres que se encontraron en la adversidad y se amaron en la fragilidad. Y aunque las cicatrices no desaparecieran, brillaban junto al fuego de un amor más fuerte que el miedo, más persistente que la tormenta.
El eco del agua, el beso al borde del puente, la promesa contenida en un anillo: así quedó escrito su destino compartido, tan sencillo y tan profundo que perduraría más allá de cualquier accidente.