Las ambulancias llegaron rápido. Él fue trasladado al hospital, y Mariana, con ropa empapada y el corazón en vilo, acompañó la ambulancia hasta la sala de urgencias. Su nombre era Alejandro. Tenía veintiocho años, era ingeniero civil, y viajaba de regreso a su pueblo natal tras una reunión de trabajo. El choque fue causado por un derrumbe repentino en la ladera.
Durante los días siguientes, Mariana visitó a Alejandro en el hospital. Lo encontró dolorido, vendado, pero con ojos que la miraban con gratitud inmensa. Él apenas recordaba el accidente, pero entendía que ella había arriesgado su vida. Entre palabras suaves, silencios y pequeñas charlas sobre sueños y paisajes, nació una complicidad silenciosa.
Cada tarde, ella se sentaba junto a su cama y le contaba su infancia: su pasión por dibujar planos, las tardes junto al río de su ciudad natal, las aves que caminaban al amanecer sobre el cauce. Él le hablaba de puentes que soñaba construir, de ríos que quería domar con su ingenio, de su madre enferma que estaba en su casa esperando su regreso.
Con el tiempo, sus encuentros hospitalarios se alargaron: caminatas breves por el pasillo, risas contenidas, miradas que decían más que las palabras. Mariana le sugirió retomar fuerzas juntos: ver películas, dibujar bocetos de ciudades imaginarias, hablar de música que los emocionara. Él le pidió que le mostrara sus bocetos más preciados; ella le susurró al oído las fuentes de su inspiración.