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La llovizna plateada caía como un velo sobre la carretera desierta de aquella madrugada. Mariana iba al volante de su viejo coche con el corazón agitado, pensando en el desafío que comenzaría al día siguiente: su primera conferencia como arquitecta en la ciudad vecina. Las luces tenues de las farolas se reflejaban en el pavimento húmedo, y cada gota parecía contar su propia historia.
De pronto, al doblar una curva cerrada, vio algo que le heló la sangre: un vehículo volcado al costado, con luces intermitentes, humareda que brotaba del capó y el sonido trémulo de alguien que gemía. Sin dudarlo, frenó y se incorporó al arcén, la adrenalina estrujándole el pecho. Saltó del coche, dejó las llaves dentro y corrió hacia el auto en marcha.
Las puertas estaban trabadas. Con esfuerzo, logró abrir una de ellas. Dentro, un joven estaba atrapado: rostro ensangrentado, respiración áspera, ojos que buscaban auxilio. Mariana sintió un temblor en las rodillas, pero sus manos obraron con determinación: extrajo el cinturón, comprobó que no hubiera peligro inmediato, y con ayuda de la palanca improvisada rompió el vidrio lateral para liberar al herido. Mientras tanto, llamó al servicio de emergencia con voz firme.
El mundo pareció detenerse cuando él, con debilidad, soltó un hilo de voz: “¿Me… salvaste?” Mariana, con lágrimas mezcladas en la lluvia, respondió: “Sí, todo estará bien. Quédate conmigo.” Y así, en aquella noche tormentosa, comenzó algo que ninguno de los dos podría prever.