A lo largo del tiempo, familiares, profesionales de la salud y cuidadores han mencionado un fenómeno difícil de explicar con palabras: la percepción de un olor particular en personas que atravieszan las últimas etapas de la vida. Este tema suele despertar curiosidad, inquietud y muchas preguntas, especialmente porque se mueve entre la experiencia subjetiva, la observación clínica y los límites de lo que la ciencia puede comprobar con precisión. Lejos de mitos o interpretaciones exageradas, la explicación requiere un enfoque cuidadoso, respetuoso y basado en información verificable.
Desde el punto de vista médico, no existe un único “olor de la muerte” universal ni una señal inequívoca que pueda utilizarse como diagnóstico. Sin embargo, en contextos de enfermedad avanzada o fallo orgánico, pueden producirse cambios fisiológicos que influyen en el olor corporal y en el ambiente inmediato. Estos cambios no anuncian la muerte como un evento exacto, sino que suelen asociarse a procesos que ocurren cuando el organismo comienza a funcionar de manera diferente.