Porque Ricardo Bittencourt no tenía idea.
No tenía ni idea de que la mujer a la que acababa de humillar ya no era la frágil Emília que abandonó años atrás. Ahora era Emília Camargo Sterling, la esposa de uno de los multimillonarios más poderosos del país, heredero de un imperio global de tecnología y filantropía.
Él no sabía que el hombre que ella ahora amaba nunca faltaba a una cita médica, hablaba con su hijo nonato todas las noches y había restaurado todo lo que Ricardo intentaba destruir: su seguridad, su confianza, su sentido de autoestima.
Días después, durante una gala empresarial transmitida en vivo, Ricardo casi dejó caer su copa al verla entrar al salón: serena, radiante, embarazada, con su esposo a su lado. Un nombre anunciado que hizo que toda la sala se pusiera de pie en señal de respeto.
Feliz. Seguro. Intocable.
Ese fue el momento en que Ricardo finalmente comprendió.
El barro que le tiró ese día no la manchó.
Sólo expuso quién había sido siempre.
Y en quién se había convertido Emília.