En el momento en que ocurre un episodio de falta de aire, algunas acciones pueden ayudar a recuperar la estabilidad. Sentarse de inmediato, respirar de manera lenta y profunda por la nariz, exhalar suavemente por la boca y enderezar la postura permite que el flujo de oxígeno vuelva a regularse. Beber un poco de agua también puede contribuir a relajar la musculatura. Además, evitar dormir boca arriba o cenar comidas pesadas puede reducir la frecuencia de estos episodios.
Sin embargo, lo más importante es no restarle importancia cuando estos sucesos se repiten. Si se vuelven constantes, si generan miedo al dormir o si se transforman en una experiencia habitual, es fundamental prestar atención. No se trata de un signo de debilidad ni de un problema imaginario. Es, con claridad, un aviso.
El cuerpo necesita respirar correctamente para repararse, especialmente durante la noche. Cuando ni siquiera en ese momento logra hacerlo sin interrupciones, es una señal de que ciertos hábitos deben ajustarse o que tal vez sea necesario evaluar la situación con mayor profundidad.
El ahogo al dormir no es un destino inevitable, pero sí un mensaje directo. Ignorarlo no hará que desaparezca. Reconocerlo, en cambio, es el primer paso para recuperar el bienestar y permitir que el descanso nocturno vuelva a ser lo que debe ser: un espacio de reparación, equilibrio y calma. El cuerpo, cuando habla, lo hace por una razón. Escucharlo es siempre la mejor decisión.