Hay noches en las que el cuerpo envía un mensaje tan claro que resulta imposible pasarlo por alto. Personas que están por quedarse dormidas y, de repente, sienten que el aire no entra, que el pecho se cierra, que despiertan de golpe tomando una bocanada desesperada. Muchos lo atribuyen al estrés, a un mal sueño o a una simple sobresaltada nocturna, pero la realidad es que estas sensaciones suelen ser una advertencia que no debe minimizarse.
Cuando ocurre ese ahogo al dormir, lo que sucede en el organismo es mucho más complejo de lo que parece. La respiración, que debería mantenerse estable y fluida mientras el cuerpo descansa, se interrumpe por algunos segundos. En ese instante, el cerebro entra en un estado de alerta, como si estuviera recibiendo un llamado urgente para retomar el control. El corazón, por su parte, acelera su ritmo para compensar la disminución de oxígeno y garantizar que el cuerpo siga funcionando con normalidad.