La resaca, conocida popularmente como “cruda”, no es un fenómeno casual ni un simple malestar pasajero sin explicación. Es, en realidad, la consecuencia directa de los efectos que el alcohol produce en el organismo incluso después de que ya no está presente en la sangre en altas concentraciones. Cada sistema del cuerpo responde de una manera distinta a esta sustancia, y esa combinación de reacciones es la que termina generando el conjunto de síntomas característicos del día siguiente.
Uno de los primeros procesos que se altera es la hidratación. El alcohol reduce la acción de una hormona denominada vasopresina, responsable de ayudar a los riñones a conservar agua. Al bloquearse su función, el cuerpo elimina más líquido del habitual, lo que conduce a una pérdida notable de electrolitos esenciales. Esta descompensación se relaciona con molestias como el dolor de cabeza, el mareo, la boca seca y la sensación persistente de debilidad que suelen acompañar a una resaca.