Una pequeña guerrera completa su épico viaje de cincuenta y un batallas: libre de cáncer después de 51 rondas de quimioterapia.
En la luminosa y alegre sala de juegos, llena de pinturas de arcoíris y pósteres de animales alegres, una niña valiente se sienta a la mesita, con su cabeza lisa brillando bajo luces de colores como un símbolo de valentía inquebrantable. Lleva una vibrante camiseta con el símbolo de la paz, que rebosa alegría en todos los sentidos, y la vía intravenosa aún pegada a su mejilla y brazo, un silencioso recordatorio de las cincuenta y una sesiones de quimioterapia que acaba de superar.
Sus grandes ojos marrones brillan de puro triunfo, sus mejillas sonrosadas y su sonrisa tan amplia que ilumina toda la habitación con más intensidad que cualquier ventana. Luchó contra cada día de vértigo, cada pinchazo de aguja, cada larga hora en que el mundo se sentía demasiado pesado para sus pequeños hombros. Sin embargo, aquí está —satisfecha, victoriosa, vencida por el cáncer— rodeada de juguetes, crayones y el dulce sonido de otros niños jugando cerca.
La venda en su nariz y el tubo en su brazo cuentan la historia de lo duro que luchó, pero su sonrisa cuenta la historia más grande: ganó .