Me la encontré una mañana fría mientras caminaba por un sendero tranquilo. Acurrucada entre la hierba escarchada, parecía un cachorrito recién nacido: rosada, sin pelo y apenas inquieta.
Estaba tan delicada que era difícil saber si respiraba. Instintivamente, la envolví en mi bufanda y corrí a casa. La metí en una caja de zapatos bajo una lámpara caliente antes de llevarla directamente al centro de rescate de vida silvestre más cercano.
El personal se reunió a su alrededor, desconcertado, intentando averiguar de qué especie podría ser. Tras consultar con especialistas, descubrieron algo inesperado: no era un cachorro, sino una coneja doméstica recién nacida de apenas unos días.
Como no se conocían nidos de conejos, dueños de mascotas ni criadores en la zona, nadie podía explicar cómo un bebé tan vulnerable terminó solo.
El misterio se profundizó cuando una pareja se acercó al centro y dijo que su golden retriever había recogido algo pequeño esa mañana y había tratado de llevárselo.
Habían asumido que era un juguete viejo y no se habían dado cuenta de que había descubierto el mismo animalito que yo encontré más tarde.
En cierto modo, dos actos de bondad (uno de un perro y otro de un extraño) le habían dado a este conejito una oportunidad que de otro modo nunca habría tenido.
El centro la llamó Willow, y desde su llegada, necesitó cuidados intensivos constantes. El personal la alimentó con fórmula especial, le controló la temperatura y la mantuvo en una incubadora para imitar el calor de su madre desaparecida.